lunes, 24 de noviembre de 2014

Sanación

Una selva
abre sus homoplatos.
Me lanzo con la boca
a cerrar su “herida”.

Está sangrando
flores de piedra
y unas perlas con pestañas de vinilo.

Atrapo
una nuez en su rodilla.
Mastico fuerte su cáscara
y entrego el fruto al sol.

Para curar su “aflicción”
despojo su alma
de aquello incomprensible.

Irreverente
explota una algarabía de dátiles azules.
Recojo su aspecto inverosímil
y pinto su superficie
de colores “creíbles”.

El viento sopla
almendras de oro con olor a sal
una bóveda decimonónica con túnicas rosas
un arlequín con trastorno bipolar
una palmera con caballos en sus ramas
una laguna
interminable
de llantos risueños.

Lo único importante
es “salvar” su esencia
de todo lo “insano”.
A mis ojos
están claros sus “excesos”
sus “locuras”.

Tras ahogar el último aliento
bajo la arena
contemplo ahora mi obra
de santidad.

Cien mil leones
de súbito
devoran las cuencas de mis ojos.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Holograma

Siempre fue más nutritivo un tobogán,
que una bolsa de gusanitos.
Aunque también es cierto
que se mastican mejor los gusanitos
que un tobogán de madera.

"Si viene otra República
vamos a morir"
estridencia una mujer acristalada en la mesa de al lado.

Todos asienten.

Los corderos nunca critican la demagogia apocalíptica.

"Te van a echar a patadas"
afirma nuevamente el rostro plástico con gafas opacas.

Asienten todos.

En la lejanía
                              ladra un perro.
Supongo
        que no está de acuerdo.

Los perros tienen eso:
se sublevan frente al desperdicio neural.

La niña
sigue comiendo gusanitos.

En este tiempo
¿cómo alimentarse de toboganes?

lunes, 17 de noviembre de 2014

Anaranjados cielos de ballenas
escarchan domingos de sofá
cortesía plástica
que otea piedras y conchas
e incendia pupilas.

Mientras camino arenales con olor a sal
y afianzo mi cicatriz en blanco y negro
el aire eleva selvas de elefantes
en el espacio sináptico           de mi coraza

                 se desprenden

guijarros, leones, naves espaciales
hasta una esfinge con túnica blanca y ojos salmón
realidad
espectros amarillentos de eucaliptos y palmeras
juego
a sentir tu cuerpo erizando el mar
susurro
lunas        metales        fuego
pestañas doloridas
de haberte soñado tanto.

Lejanos destellos titilan tu nombre
evaporan mi lengua acrílica
multiforme y puntual
sobre oleajes felinos.

Las brasas
           siempre fueron refugio
para lluvias otoñales.

Espalda.

A  b   i    s     m      o.
Nadie jamás
te podrá conocer
sin haber viajado en tus ojos de astronauta.
Es imposible medir la soledad
cuando divaga tu mirada
sobre el cerco de mi cuerpo
                años luz     separados de Orión.
Quién entenderá nunca el roce de tus manos
sin sentir caracolas
en las mejillas.
En las noches más oscuras
tu ausencia galáctica evapora mi ego.
Siempre
surge
mar
eclipsado de peces polifónicos que cantan rebelión
            desiertos con susurros selváticos.
Quién puede siquiera acercase a tu iris
sin haber estado antes
amando tus silencios.
Nadie alcanzará tu cuerpo de agua y escoba
por más que te entregues en la cama               a la hora señalada
por más que tus labios intransigentes
acorralen las máscaras
y liberen sus cadenas.

Se necesita la osadía impávida
de abandonarse al tigre
y sonreír sobre sus fauces.

En el vuelo
allá a lo lejos
su mirada

inicia entonces 

                                            un poema.
Infectado por este silencio que asume tu pérdida
tu labio inferior entre mis dientes
tu frío crepuscular                 hirviendo mis tripas.

Cierras la lengua sobre tu espalda
          tus piernas sobre tu pecho
          tus ojos sobre el cemento.
                     Aún, entre adoquines, una flor salada brota
sin pausa
                  con el ímpetu de la ceguera en que duermes.

Podría estar escribiendo
la rendición de mis versos.
Sin embargo
                       estoy desgarrando el papel con las rimas del invierno
con la ignorancia del río subterráneo
que humedece tus pupilas
“si no llueve, no hay agua”.

Me duele la estricta y puntual sonrisa
donde bañas mi corazón varado.
No te culpo de su zozobra
ni del viento impenetrable que conjuga mi desdicha.
No te culpo
aunque me toque los cojones
que no te abandones a mis brazos.

Podríamos ser eternos en este mismo instante
amputar las cadenas de amores románticos.

Podríamos ser eternos
en este mismo segundo
donde ahora

nos despedimos.